Cuando los padres notaron que su hija de tres años, Katya, había comenzado a comportarse de manera extraña después de volver del jardín de infantes, sintieron preocupación. La niña, que normalmente era alegre y sociable, de repente se

volvió reservada y silenciosa. Ya no contaba historias sobre sus amigos o juegos en el jardín, y a veces se despertaba llorando por la noche. Los padres no podían entender qué estaba pasando, y decidieron que necesitaban averiguar la causa de
este cambio. Compraron un pequeño dictáfono y lo escondieron en el juguete favorito de Katya, un osito de peluche del cual nunca se separaba. Al día siguiente, la llevaron al jardín, esperando que la grabación ayudara a esclarecer la situación.

Por la tarde, cuando Katya regresó a casa, los padres inmediatamente sacaron el dictáfono y comenzaron a escuchar la grabación. Al principio todo parecía normal: risas infantiles, conversaciones de los cuidadores, sonidos de
juegos. Pero después de un tiempo, la grabación cambió. Escucharon cómo uno de los cuidadores, cuyo voz reconocieron, comenzó a hablar con los niños en un tono severo y frío. Esta voz sonaba muy diferente a la que estaban acostumbrados a

escuchar en las reuniones de padres. El cuidador gritaba a los niños, amenazándolos, y luego comenzaron a escucharse sonidos que no se podían confundir: eran golpes y llantos.
Los padres escuchaban horrorizados cómo el cuidador castigaba cruelmente a los niños por las más pequeñas infracciones. Katya era una de las que se veía obligada a estar en la esquina durante largos periodos, y luego el cuidador la golpeaba

bruscamente. La madre sintió cómo las lágrimas brotaban de sus ojos, mientras que el padre apretaba el dictáfono con tal fuerza que sus dedos se pusieron pálidos. Lo que escucharon era una violación flagrante de la confianza y la seguridad de su hija. Esto convirtió la tranquila preocupación que sentían en horror y furia.
