A mediados del siglo XIX, algunos artistas se dedicaron a una forma única de arte. En ese tiempo, los artistas generalmente recibían solo una compensación modesta por su trabajo. Pintar

retratos o cuadros era la principal forma en que ganaban su vida. Para aumentar sus ingresos, los artistas a menudo trabajaban para diferentes empresas o firmaban contratos—similar a los
acuerdos freelance actuales—para proporcionar servicios remunerados. Entonces, ¿en qué consistía su trabajo exactamente y cómo podría beneficiar a una gran empresa, como un

fabricante? La respuesta es simple: los artistas funcionaban como mercadólogos, y su tarea era atraer clientes creando imágenes atractivas de productos específicos. Si un artista pintaba una

imagen ordinaria, indistinguible de otras, tendría poco impacto en los posibles compradores. Sin embargo, si la obra era única, tal vez presentando un rompecabezas o una adivinanza, podría captar

la atención del espectador, haciéndolo mirar más de cerca y potencialmente notar el producto o el nombre del fabricante. En esencia, la publicidad siempre ha sido la fuerza impulsora del comercio.
