un taxista con muchos años de experiencia, regresaba a casa esa noche, pasando por un viejo barrio de la ciudad. Ya había oscurecido y las calles estaban desiertas. Sin embargo, su atención fue

atraída por la figura de una mujer de pie al borde de la carretera. Era una gitana, vestida con ropas brillantes y coloridas. En sus brazos yacía una pequeña niña, envuelta en una vieja manta. La niña parecía demacrada y el rostro de la mujer era
sombrío. Algo en esta escena le pareció extraño a Víctor. Detuvo el coche, decidido a acercarse y preguntar si necesitaban ayuda. Cuando se acercó, su mirada se posó en el rostro de la niña, y su corazón se detuvo. Perdió el habla. Ante él estaba

su hija, a quien no había visto en años. Él y su exesposa habían perdido a la niña tras el divorcio; ella había sido llevada a otra ciudad, y desde entonces Víctor no había sabido nada de su
destino. “Esto es imposible…” murmuró Víctor, sin creer lo que veía. La niña abrió los ojos y en ellos reconoció de inmediato los rasgos familiares. Se dirigió a la gitana, exigiendo explicaciones. La mujer respondió con una voz suave y rasposa que había

encontrado a la niña en la estación de tren, abandonada en la calle, y no sabía qué hacer. Víctor permanecía paralizado, tratando de entender lo que sucedía. Sin más preguntas, tomó a la niña

en brazos y, aunque su mente intentaba encontrar una explicación, su corazón ya sabía: era su hija. Después de tantos años de búsqueda, un encuentro fortuito lo había cambiado todo. Víctor, finalmente, había encontrado a quien creía haber perdido para siempre.
