Alena se dedicaba apasionadamente al voluntariado, ayudando a los animales sin hogar. No solo los cuidaba y buscaba nuevos dueños, sino que también participaba activamente en operaciones de rescate cuando los animales se encontraban en situaciones difíciles. A un mes de dar a luz, decidió tomar un breve descanso, pero un encuentro con una gata herida y embarazada cambió sus planes.

Junto a su esposo, llevaron a la gata al veterinario, donde recibió toda la atención médica necesaria. La pareja decidió llevar a la gata a casa, y así, en la familia, se sumaron dos mujeres embarazadas.

Nombraron a la nueva integrante «Nyusha». La gata se adaptó rápidamente y siempre seguía a Alena con la cola en alto, convirtiéndose en inseparables amigas.

Cuando Alena fue al hospital para dar a luz, Nyusha, al recibir a su dueña de vuelta con el bebé, le regaló no solo su compañía, sino también una camada de pequeños gatitos. Con el tiempo, los descendientes de ambas madres crecieron, mostrando un interés mutuo. Los cónyuges dieron los gatitos adultos a sus amigos, pero Alena se quedó con un pequeño gatito y Nyusha.

