Nick Schnarr y su esposa Brooklyn vivieron una situación que nadie quisiera enfrentar. Cuando Brooklyn estaba embarazada de su tercer hijo, descubrieron que el niño tenía hidrocefalia severa, una acumulación excesiva de líquido en el cerebro. Fueron referidos al Hospital Infantil de Cincinnati, donde conocieron sobre la condición crítica de su hijo.

Los médicos informaron a la pareja que había un 90% de probabilidad de que su hijo no sobreviviera al parto, y aun si lo hiciera, tendría daño cerebral severo, requiriendo cuidados constantes. Les aconsejaron prepararse para el peor escenario posible.

Nick compartió su viaje emocional en Facebook, detallando las angustiosas conversaciones con especialistas en cuidados paliativos sobre las difíciles decisiones éticas respecto a las medidas de sostén vital y cuándo podrían necesitar detener tales intervenciones, permitiendo que el bebé falleciera pacíficamente.

A pesar de los desafíos, Nick y Brooklyn mantuvieron viva la esperanza y continuaron rezando por la recuperación de su hijo. El 8 de julio de 2016, Brooklyn dio a luz a su bebé, llamado Charlie. Al nacer, la habitación se llenó con el sorprendente sonido de un bebé llorando, el sonido más dulce que Nick había escuchado.
Remarkablemente, Charlie parecía ser como cualquier otro bebé, sin signos de enfermedad grave. Tenía un defecto menor en una de sus válvulas cardíacas, algo que los médicos podían abordar relativamente fácilmente.
La transformación de Charlie, de estar críticamente enfermo a ser feliz y saludable, dejó a todos, incluidos los médicos, desconcertados. No pudieron encontrar una explicación para su notable recuperación.
Nick expresó gratitud a las innumerables personas que rezaron por ellos, incluyendo amigos, familiares, clientes, colegas e incluso desconocidos. Aunque es una persona práctica que cree en la ciencia y la tecnología médica, Nick estaba convencido de que la intervención divina estaba involucrada en la
